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El Centre Pompidou &... Rossy de Palma

Actriz y musa de Pedro Almodóvar, Rossy de Palma ha imprimido su sello inconfundible en algunas de las películas más icónicas del director, de Mujeres al borde de un ataque de nervios a Kika. Con su perfil cubista, su extravagancia arrolladora y una personalidad absolutamente inclasificable, encarna una de las presencias más fascinantes e inolvidables del universo almodovariano. Invitada de excepción de la retrospectiva «Pedro Almodóvar, Attachements», nos habla de su pasión por el arte, y muy especialmente por el surrealismo y el espíritu dadá.

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Rossy de Palma es una de esas actrices a las que Pedro Almodóvar no se limitó a filmar: las instaló para siempre en el imaginario colectivo. De Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988), a ¡Átame!, Kika, La flor de mi secreto o Los abrazos rotos, se impuso como una auténtica Chica Almodóvar: una presencia que atrae miradas y las llena de ironía, extrañeza y tensión. Su perfil inconfundible, su aplomo, su humor y su libertad, la han convertido en uno de los rostros más reconocibles del cine del director español.

 

Su historia con Almodóvar arranca en plena Movida madrileña, a comienzos de los años ochenta. Rosa García Echave (Mallorca, 1964), más conocida como Rossy de Palma, cantaba y bailaba por aquel entonces en el grupo Peor Imposible, cuando el cineasta se fijó en ella y le dio un primer papel en La ley del deseo (1987). Poco después, su figura salió de su rol en la pantalla. Jean Paul Gaultier descubrió su porte extraordinario y la hizo desfilar en 1994 junto a la cantante Björk. George Michael la incorporó al videoclip de Too Funky, junto a las supermodelos más icónicas del momento. Entre moda, música y performance, Rossy de Palma se consolidó como una auténtica figura pop, capaz de atravesar las décadas. Las nuevas generaciones la han convertido en un tótem; un claro ejemplo es cuando en el 2018 Rosalía la invitó a entrar en el universo flamenco de su álbum El mal querer. Pese a ello, Rossy de Palma nunca ha limitado a ser una simple imagen: sino que ha desarolado una práctica plástica, entre escultura —en terracota o madera— y fotografía. Paris Photo la eligió como invitada de honor en 2022; Le Nouveau Printemps, en Toulouse, la nombró artista asociada de su edición 2026.

 

Su inconfundible perfil, su aplomo, su humor y su libertad, la han convertido en uno de los rostros más reconocibles del cine del director español.

 

Con motivo de la retrospectiva «Pedro Almodóvar, Attachements», organizada por el Centre Pompidou en el mk2 Bibliothèque, Rossy de Palma presentó La flor de mi secreto, estrenada en 1995. En la cinta interpreta a Blanca, la hermana del personaje encarnado por Marisa Paredes, otra gran figura del universo almodovariano, fallecida a finales de 2024. La actriz reivió ese lejano relato en este evento que coincide con el anuncio de la selección al festival de Cannes 2026 de la nueva cinta de Pedro Almodóvar, Amarga Navidad. Encuentro con un icono.

Rossy de Palma — Tengo muchísimos recuerdos del Centre Pompidou, ¡he venido tantísimas veces! Este edificio me enamoró desde la primera vez que lo vi. Me enteré de que pronto será declarado monumento histórico, y me sorprende que todavía no lo sea. Me fascina ese golpe maestro de los arquitectos, a la vez pragmático y profundamente artístico, de expulsar toda la maquinaria hacia el exterior, como mostrando las “tripas” del edificio. Es hermoso, como un laboratorio a cielo abierto. Y además, ¡esos colores! También es un museo integrado en la ciudad, con su Piazza siempre animada. Aunque no sepas nada de arte, puedes entrar, te sientes invitado… Es un edificio que he fotografiado muchísimo desde las calles de alrededor: estés donde estés, siempre se avistan ciertos trozos, en perspectiva.

 

Me fascina ese golpe maestro de los arquitectos, a la vez pragmático y profundamente artístico, de expulsar toda la maquinaria hacia el exterior, como mostrando las “tripas” del edificio.

Rossy de Palma

 

Hace poco tenía que venir a ver la gran exposición dedicada al movimiento surrealista, pero por desgracia no pude, y me dio mucha pena. El surrealismo me ha alimentado muchísimo, igual que el movimiento dadá. ¡Yo soy una criatura dadá y surrealista! Me gusta el trabajo de mujeres pioneras como Leonora Carrington o Georgia O’Keeffe… Artistas plenamente celebradas hoy en día, pero en su momento su exploración onírica y metafórica de la sexualidad escandalizaba mucho… También soy muy fan de Louise Bourgeois; en su trabajo encuentro alegría, aunque algunas de sus esculturas puedan impresionar, incluso dar miedo, como su araña monumental, Maman. Yo ahí veo la imagen de la protección materna… Me parece que había algo muy cálido en su personalidad. Incluso en sus esculturas de falos hay humor. Estuve a punto de visitarla un día en su estudio de Nueva York gracias a mi amigo, el fotógrafo Youssef Nabil, pero al final no ocurrió… es una pena.

 

Para mí, el arte tiene algo fundamentalmente terapéutico, resiliente. De hecho, fue gracias al arte Que descrubrí la existencia de “otro lugar”. Desde muy joven me sentía como fuera del mundo. Un día me topé con un poema dadá, un caligrama que dibujaba unos pies de bailarina… Nunca he vuelto a encontrar ni el título ni el autor, pero ese poema me marcó profundamente. Se sentía el movimiento de la bailarina… Era magnífico. Y pensé: ¡hay otro mundo esperándome!

 

¡Yo soy una criatura dadá y surrealista!

Rossy de Palma

 

No vengo de una familia de artistas estrictamente hablando, pero mi madre, que murió el año pasado, tenía un verdadero temperamento de artista: pintaba acuarelas de forma autodidacta y también cantaba. Era muy moderna para su época, sin tabúes: me influyó muchísimo. Mi padre, en cambio, creció en las montañas de Asturias, en el norte de España. Hacia los catorce años se fue a la ciudad para hacerse albañil… En los años sesenta llegó el boom inmobiliario, y mis padres emigraron a Mallorca, en las Baleares, donde nací yo. Mi padre era artista sin saberlo, en un sentido arte povera o art brut… Tenía manos de artista, hacía cosas muy Gaudí sin saber quién era Gaudí.

 

Yo también creo, piezas de terracota, de madera… Mi universo es en realidad el de la performance y la poesía visual. En 2015 concebí para el Piccolo Teatro de Milán Resiliencia de amor, una pieza surrealista a lo Salvador Dalí o Federico García Lorca. Hay un artista catalán que adoro y que me influye muchísimo: Joan Brossa, poeta, muy cercano a pintores como Joan Miró o Antoni Tàpies. Es muy simple: ¡yo ya era “brossista” antes de conocer a Joan Brossa! El próximo noviembre me invita Simon Njami, intelectual camerunés y comisario de la Bienal de Dakar —comisario también de la exposición Africa Remix en el Centre Pompidou en 2005—. Me ha pedido que conciba una exposición para el museo de las Islas Canarias. ¡El arte me acompaña siempre! ◼